jueves, 21 de diciembre de 2017

ORDEÑANDO LOS OLIVOS...LECTURAS MUY RECOMENDADAS

Hola Hij@s del Aceite,

como apasionados de la cultura del aceite no os podéis perder este emocionante artículo de J.R. Alonso de la Torre...unas palabras que describen gestos antiguos y pasiones modernas.

¡Feliz lectura!
http://www.hoy.es/extremadura/ordenando-olivos-20171220000422-ntvo.html


Recoger aceitunas, una destreza para la que no sirven las app

Entro en el Apple Store y en el Google Play Store y busco olivos, pero nada, aparece un Monte de los Olivos, es una aplicación de tipo religioso, no me sirve. Sigo buscando, tecleo aceitunas, recoger, apañar, recolectar... Nada de nada. No hay ninguna aplicación que enseñe, facilite, o ayude a recoger aceitunas. Debe de ser por eso que lo pasé tan bien el sábado pasado ordeñando los 300 olivos de mi padre, un señor que nunca se ha enfadado conmigo en los últimos años salvo cuando escribí que había plantado 80 olivos y resulta que había plantado 300.

Si esto fuera Cataluña o Euskadi, mi padre sería un charnego o un maketo reciclado, como es Extremadura, simplemente es un asturiano que llegó por aquí hacia 1950 y se quedó. Conoció a mi madre, que es de Ceclavín y pasaba largas temporadas en Cáceres, se enamoraron y se casaron. Tuvieron seis hijos y ahora nos explotan, a nosotros y al conjunto de yernos, nueras y nietos, cada año un sábado de diciembre para que les recojamos las aceitunas.
A mí me parece que el mayor rasgo de asimilación de un charnego/maketo asturiano en Extremadura consiste en plantar 300 olivos en Ceclavín a los 80 años. Plantar olivos a esa edad es un rasgo de romanticismo y de amor a la tierra sin parangón. Porque, además de plantarlos, los ara, los mima y los ordeña. Bueno, matizo, los ordeñamos nosotros, con nuestras manos, rama a rama, aceituna a aceituna. Y así, recogiendo la cosecha del olivar, hemos descubierto que las mejores cosas de esta vida son aquellas que no se pueden hacer con ninguna aplicación.

De manera intuitiva, como si lleváramos en los genes una marca de 'extremeños de Ceclavín, aceituneros altivos', hemos aprendido a recoger aceitunas con eficacia, sin máquinas ayudándonos ni teléfonos móviles orientándonos. Colocamos las redes en el suelo con precisión geométrica, tiramos de ellas sin que se pierda ni una oliva, llenamos las cajas y los sacos con habilidad y ordeñamos los olivos con una rapidez y una eficacia que ya empezamos a presumir y a entender a esos campeones de la recolección que ostentan sus récords en la puerta de casa.
Me refiero al Águila de las Hurdes, ese señor que en la fachada de su casa hurdana anuncia que es el mejor y más rápido ordeñador de olivos del mundo. Reconozco, en fin, que ya he pasado del grado de aceitunero altivo al de aceitunero bravucón y reto al Águila a ver quién de los dos recoge más aceitunas con la mano izquierda en 15 minutos. 

Ordeñar olivos es una de las actividades más relajantes que conozco. Mientras vas tirando de las aceitunas, te sientes heredero de romanos, árabes y de cuantos pueblos han pasado por la Península. Cada fruto que haces caer a la red es un detalle de autenticidad que te reconcilia con el mundo real, sin virtualidades ni pamplinas. Y cuando calculas los resultados, te das cuenta de que has participado en un ejercicio donde primaba el gesto, el sentimiento y la tradición por encima del rendimiento, la ganancia y la rentabilidad.

Estos son los datos: recogimos 285 kilos de aceitunas y mi padre recibirá a cambio seis garrafas de cinco litros de buen aceite. Es decir, unos 150 euros, pero hay que pagar la molturación, transportar las aceitunas, darnos de comer y cenar a unos cuantos y luego está la gasolina de los cinco coches en los que desde Zafra, Cáceres y Madrid viajamos hasta Ceclavín. En resumen: una ruina.
Pero los olivos no se ordeñan por dinero, sino por amor a la tierra, por sentirse enraizados y continuadores de una saga, por lo mucho que relaja y por ese momento mágico en que el asturiano y la ceclavinera nos sirven platos de fabes de Proaza con orejas ibéricas de Acehúche. Son alubias con historia: es el pago del alquiler que mi padre y sus hermanos reciben por un prado que arriendan a unos 'vaqueiros' en las estribaciones de Peña Ubiña. Todo muy medieval: sin app, sin máquinas, con cariño.


 

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